El Estado de Cultura: último bastión de las democracias contemporáneas

Raquel Rivera

Raquel Rivera

Investigadora en Derecho de la Cultura en el Instituto Interuniverstario para la Comunicación Cultural, docente, gestora cultural y violinista. Coordinadora del Portal Iberoamericano de Derecho de la Cultura.
Raquel Rivera

Lo que debería ser una reseña acerca del Estado de Cultura en Francia y en España, a la luz de los últimos acontecimientos políticos en el país vecino y de los sucesos luctuosos allí, y también en Reino Unido, ha de ser, por imperativo categórico, más que una breve nota de estas características, un alegato por un modelo político amenazado por la muerte y el terror.

El 22 de mayo a las 22:30 tras un concierto de la musa adolescente Ariana Grande en el Manchester Arena, Reino Unido, ante un público de más de 20.000 personas, en su mayoría niños y jóvenes (muy jóvenes), un británico de 22 años de origen libio se inmola matando a 22 asistentes al concierto e hiriendo a más de 50. Lo que para 22.000 personas suponía un acto de libertad a través del acceso y la participación en la vida social y cultural en el marco de la que seguramente sea la época más fecunda para la formación del espíritu ciudadano, para otra persona supuso una oportunidad macabra de poner el riesgo el modelo de convivencia que le vio nacer. La oportunidad de herir de muerte la democracia desde su pilar más fundamental: la Cultura.

Si analizamos el patrón de los últimos ataques del autodenominado Estado Islámico (ISIS), la primera evidencia es que el objetivo prioritario de los terroristas son civiles en el espacio público, y especialmente aquellos congregados en eventos de índole cultural, ya sea en el sentido tradicional de la palabra (actos musicales, como el concierto de Eagles of Death Metal en la sala Bataclan de París –89 víctimas mortales, además de un gran número de heridos y mutilados–, industria editorial, como el ataque a la revista Charlie Hebdo, etc) o en la acepción antropológica, es decir, manifestaciones colectivas representativas de una comunidad (ataques a mercados –Bagdad, julio de 2016, 281 víctimas–, discotecas –Estambul, 1 de enero de 2017, 39 muertos–, etc). Hay que destacar, por cierto, que estos ataques culturales a las raíces de nuestra forma de vida y de sentir, proliferan y son especialmente cruentos en Oriente, donde ISIS ataca una media de dos veces por semana.

Es, por tanto, más pertinente que nunca plantearse el papel de la Cultura, tan maltratada por gobiernos de diversos colores y sentires, en nuestras sociedades. Si una red terrorista internacional con gran pujanza como es ISIS ve meridianamente claro que la cultura es el punto neurálgico de nuestra civilización, ¿cómo es posible que España y la vieja Europa no tome nota y aprenda, si así se puede denominar, de las tretas de un enemigo maligno que pretende aniquilar su esencia?

Un ejemplo de esta reacción del Estado de Cultura ante el estado del terror, y aquel que inspirara en sus orígenes este artículo, es el modelo francés. Tradicionalmente Francia se ha caracterizado por fundamentar sus pilares patrios en basamentos culturales de primer orden, ya fuera en el Ancien Régime o ya a partir de 1792, cuando los postulados humanistas de la ilustración fueron penetrando en las instituciones, hasta llegar, ni más ni menos a un Ministerio de Cultura capitaneado por un escritor como André Malraux. Por Estado de Cultura entendemos el modelo de estado que pone a la cultura y su defensa en el centro de la vida política del país con el ánimo de promover una atmósfera de libertad, democracia y desarrollo de la persona. Pues bien, aunque sin una definición jurídico formal de Estado de la Cultura, l’état culturel es un hecho en Francia. Tanto es así, que un político no exento de polémica como es Emmanuel Macron, nuevo presidente y depositario de los valores e intereses de las clases productivas del país, basa su éxito personal en una sólida formación humanística (es Doctor en Filosofía) y el político, como se vio en una campaña presidencial basada en los valores de la alta cultura francesa como fuente de la renovación democrática.

Hemos de ver cómo se desarrollan de los acontecimientos en Francia y qué políticas desarrolla la Ministra de Cultura, Françoise Nyssen, pero, en todo caso, en el país vecino, gobierne quien gobierne no cabrá dudar de la importancia de mantener siempre una cartera ministerial para la Cultura. Vemos pues, un Estado, el francés, que sí detecta la importancia estratégica de la cultura en un panorama internacional de creciente inseguridad, con grupos terroristas dispuestos a hacer realidad las peores predicciones de S. Huntington.

Esperemos que estos acontecimientos hagan reflexionar a los ciudadanos e instituciones europeos para retomar la cultura de la cultura, y el Estado de Cultura como último bastión de la libertad colectiva y la paz.



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