Al Museo Nacional do Brasil

Raquel Rivera

Raquel Rivera

Directora del Aula Gabeiras. Investigadora en Derecho de la Cultura en el Instituto Interuniverstario para la Comunicación Cultural, docente, gestora cultural y violinista. Coordinadora del Portal Iberoamericano de Derecho de la Cultura.
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Una catástrofe patrimonial de dimensiones históricas ha cambiado la hoja de ruta de nuestro blog. La entrada de hoy debería ser festiva, una invitación a comenzar el curso escolar con el mejor ánimo posible. Aun siendo así, y deseando a los lectores un feliz retorno a las rutinas laborales, el tono ha de ser necesariamente diferente.

La tarde del domingo 2 de septiembre un incendio de enormes proporciones destrozó el Museo Nacional de Brasil. Es una pérdida de valor incalculable para el patrimonio científico, histórico y cultural de este país. El punto 8 de la Declaración de la Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales (MONDIACULT, México) de 1982 está más vigente que nunca: “la humanidad se empobrece cuando se ignora o destruye la cultura de un grupo determinado”. Hoy, tras el incendio del Museo Nacional de Brasil, el mundo entero es más pobre.

El Museo fue fundado hace 200 años, el 6 de junio de 1818, por el rey Juan VI de Portugal, con el objeto de promover el progreso cultural y económico de país, siguiendo los postulados que engendrarían, en el marco teórico del idealismo alemán, la propia noción de Estado de cultura. Hay que recordar que la fundación de este Museo Real se produjo sólo ocho años después de la fundación de la Universidad de Berlín, a iniciativa de Wilhelm von Humboldt, y del Museo de Historia Natural (Museum für Naturkunde), que de ella dependía. El Museo jugó un importante rol en la construcción de la autonomía de Brasil, que se produjo de iure en el año 1825 con el Tratado de Río de Janeiro. Era conocido como la Casa de los Pájaros (Casa dos Pássaros), por su contenido zoológico, en especial ornitológico, y botánico. El primer emperador del Brasil independiente, Pedro I, hijo de Juan VI de Portugal, se casó con la princesa Leopoldina de Austria, lo que atrajo a la nueva nación importantes naturalistas como Johann Baptiste von Spix y Carl Friedrich Philipp von Martius, que trabajarían en el Museo, enriqueciéndolo y convirtiéndolo en un centro de investigación de relevancia internacional.

El clima de curiosidad científica en Europa, sin duda estimulado por las expediciones de viajeros científicos, con Alexander von Humboldt como referencia indiscutible, unido al gran interés de los emperadores que eran su vez coleccionistas con espíritu viajero y científico, propició la ampliación del la colección y las donaciones de otros expedicionarios como Auguste de Saint-Hilaire y el barón Georg Heinrich von Langsdorff. Las colecciones del Museo se fueron expandiendo a campos como la antropología, la paleontología y la arqueología. De esta manera, llegó a atesorar más de veinte millones de piezas, siendo el museo de historia natural más importante de América Latina y una referencia mundial para la antropología. El centro se transfirió a su actual ubicación, el Palacio de São Cristóvão en la Quinta da Boa Vista, la que fuera residencia oficial de los emperadores en 1892, tras el derrocamiento del Emperador en 1889. La Universidad de Brasil, actualmente Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), dependiente del Ministerio de Educación, asumió su administración en 1946.

La riquísima historia de la institución ha quedado reducida a cenizas. Este desastre para los brasileños es un penoso síntoma de unas políticas culturales ineficaces que precipitaron el deterioro de sistemas de museos como el brasileño, que fuera referencia para todo el panorama iberoamericano, y que no ha podido o sabido dar cobertura a este centro, dependiente orgánicamente del Ministerio de Educación a través de la Universidad. Desde hace cuatro años su asignación presupuestaria había caído en picado, las huelgas se habían sucedido ininterrumpidamente y los científicos y estudiosos ya habían alzado innumerables veces la voz para reclamar apoyo a la institución, que ya había cumplido 200 años de historia gloriosa, por su calamitoso presente. Las condiciones de seguridad y conservación eran completamente insuficientes, por lo que estaba expuesta sólo un 1% de la colección del Museo. Por esta razón se había puesto en marcha ya en el año 2000 un plan de modernización y adecuación de las instalaciones, para cuyo desarrollo se necesitaba una importante inversión pública y privada que nunca acababa de llegar.

Ninguna advertencia fue escuchada. El deterioro y abandono institucionales han sido progresivos. Al fin, el edificio y su contenido han sido pasto de las llamas. Un abandono en toda regla, con unas consecuencias que nadie se atrevió a prever ni en sus peores pesadillas. Un Estado que hace dejación de lo que le es más propio, que deja de lado su esencia, sus valores y sus raíces culturales, es un Estado fallido, y la imagen del Museo Nacional en llamas es un poderoso icono del momento histórico, no solo de Brasil, sino acaso de la humanidad en su conjunto, en el que hay tristes señales de la decadencia del patrimonio histórico-artístico y del legado de la cultura humanística.

Impresionan profundamente las palabras del urbanista Washington Fajardo, que fuera presidente del Consejo Municipal del Patrimonio Cultural de Río de Janeiro. “Que las generaciones futuras nos perdonen. Somos la gran nación desmemoriada, vagando por el cosmos sin saber lo que fuimos, lo que podemos, o soñamos. Ahora son cenizas aquello que debería inspirar a los jóvenes a guiar la nación”.

Nuestro corazón está hoy con los amigos brasileños, y nuestro empeño y ahínco con la defensa del patrimonio a través del arma más eficaz para ello, el Derecho de la Cultura.

David Hernández de la Fuente cita este texto en este análisis de La Razón

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